¿Bonito o funcional? El buen diseño tiene que ser las dos cosas.

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De un tiempo atrás hasta ahora, la gran mayoría —por no decir todas las empresas de tecnología— están empezando a sacrificar rendimiento por una única razón: hacer ordenadores bonitos —y más en especial si hablamos de portátiles.

¿Pero cómo es posible? Pues algo que todos tenemos claro es que un ordenador tiene que ser útil y ofrecer el máximo posible, ¿pero qué porcentaje real de mercado sabe de procesadores, de RAMs, de tarjetas gráficas y de demás jerga informática? Pues la verdad que muy poco, sumado además a la gran otra parte de mercado que sucumbe a los encantos del marketing… Así es como las grandes empresas tecnológicas venden ordenadores cada vez más finos, cada vez más ligeros y cada vez más en acabados premium, pero en su gran mayoría a costa de rendimiento y autonomía menores.

También es cierto que parte de la “culpa” de esto la tenemos los propios consumidores, pues la mayoría prefiere un ordenador que quede a juego con sus muebles de ultimo diseño de Ikea, a que realmente sea un buen ordenador.

¿Pero dónde está realmente el problema de esta tendencia? Y es que hemos dejado claro que estamos dispuestos a sacrificar funcionalidad por estética, pero esto no es lo peor de esta tendencia, si no que además de ser ordenadores menos potentes, son mucho más caros.

Y yo me planteo: ¿realmente merece la pena pagar más por un ordenador con menos rendimiento? Eso sí, mucho más fino, más ligero y más bonito.

Si realmente lo que buscas es una máquina para ver tu Facebook, seguramente necesitas un ordenador como si de una prenda de ropa se tratase (a la moda) y, en este caso, si te merecerá la pena, un ordenador a la última moda. Aunque con ese perfil eres carne de cañón para el marketing.